Entre flores y calaveras

Entre flores y calaveras

A los actos que se realizan a través del mundo en conmemoración el 106° aniversario del genocidio armenio el 24 de abril, se suman las imágenes de horror que siguen llegando desde Azerbaiyán tras su victoria contra Armenia en una corta y sangrienta guerra que terminó hace ya medio año, pero que sigue tormentando a los armenios por las heridas que abrió y aún hoy no cierran.

Mural realizado por la Cátedra de Dibujo de la Escuela de Bellas Artes, en reconocimiento a las miles de víctimas del genocidio armenio. Fuente: UNR

Por Diego Ardouin Elías

Recién mudado como un joven salido de la adolescencia por empezar el CBC, hace unos 10 años, llevaba apenas semanas viviendo en Buenos Aires cuando un día amanecí con la ciudad empapelada con calaveras. Una montaña de cráneos en blanco y negro, con algún texto encima que no recuerdo, distraído por el impacto de una imagen muy cruda que cubría paredes y paneles en varios rincones de la ciudad. A medida que me fui asentando más en la ciudad, empecé a tener compañeros y amigos armenios; a descubrir sus restaurantes y comida; y de la mano, conocer un poco de la historia de ese pueblo y el gran evento que trajo a sus abuelos y bisabuelos a estas orillas: el genocidio armenio.

A pesar de que las persecuciones a los armenios ya venían sucediendo en la lenta desintegración del Imperio Otomano desde fines del siglo XIX, 1915 marca el año en el cual comienza un proceso organizado y sistemático de asesinato y expulsión de la población armenia de las distintas zonas de la hoy en día Turquía, donde vivieron junto a otros pueblos durante siglos. 

El genocidio armenio aniquiló a la comunidad en zonas donde eran mayoría, desde los alrededores del lago Van en el este de Anatolia, hasta las costas de Adana en el mediterráneo. Pero fue una matanza de alrededor de 500 intelectuales y figuras prominentes de la sociedad de la entonces capital del Imperio, Constantinopla -hoy en día Estambul-, que se llevó a cabo del 24 de abril de ese año, la que se recuerda simbólicamente como el comienzo de las matanzas y deportaciones forzadas que terminaron con la muerte de cerca de 1.5 millones de armenios.

La casi total desaparición de este grupo étnico -al igual que los asirios y griegos- de la mayoría de lo que hoy es Turquía dio nacimiento a una diáspora de armenios que, huyendo del genocidio que duró 2 años, encontró refugio en países como El Líbano, Siria, Francia, Estados Unidos y Argentina, siendo nuestra comunidad la más grande de Latinoamérica y una de las más importantes del mundo.

Soldados turcos posando sobre los huesos de armenios asesinados en la provincia de Mush. Foto: Panarmenian.

En unos días, se conmemorará a través del mundo el 106° aniversario de esta mancha en la historia de la humanidad, pero sin dudas este año estará atravesado por otra tragedia que atravesó el pueblo armenio en los últimos meses: la pérdida de una breve e intensa guerra de 44 días contra Azerbaiyán, en la cual tras tratar de defender gran parte de las posiciones que Armenia había ganado en una guerra en los ‘90, tuvo que terminar cediendo no sólo todas las regiones que había ocupado como “cinturón de seguridad”, si no también regiones que nunca habían estado bajo total dominio azerí, del heredado enclave autónomo armenio de Nagorno Karabakh de la Unión Soviética. 

La derrota armenia en la guerra vino de la mano también de la muerte de cerca de cinco mil soldados, más de la mitad de las pérdidas humanas totales de ambos lados en la guerra. Estos fallecimientos, en su mayoría de jóvenes conscriptos recién saliendo de la adolescencia, han teñido de penumbra miles de hogares en Armenia y, en general, el espíritu del pueblo, tanto dentro de Armenia como en su diáspora.

Esta segunda guerra de Nagorno Karabakh generó muchos paralelismos en los ámbitos armenios como una continuación del genocidio de 1915. A pesar de que las actuales repúblicas de Armenia y Azerbaiyán no eran parte del Imperio Otomano -sino del ruso-, y sus territorios no fueron testigo del genocidio en sí -si no más bien de conflictos interétnicos en el proceso de consolidación de estas jóvenes repúblicas devenidas luego en soviéticas-; muchos actos y gestos empujaban a una conexión entre ambos eventos. 

Principalmente, el apoyo político y militar a la ofensiva de Azerbaiyán por parte de Turquía, estado sucesor del Imperio Otomano, y recipiendario de los reclamos de reconocimiento y justicia por el genocidio armenio, el cual niega e incluso a veces pareciera que reivindica. En especial en los últimos años con el fuerte giro autocrático y nacionalista del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, empujando narrativas armenias a las teorías del panturquismo, donde Azerbaiyán como pueblo “hermano” de Turquía busca correr a Armenia del mapa, ya que esta funciona como un tapón en la conexión física entre ambos países. 

Maniquíes representando soldados armenios en el Museo de Trofeos Militares de Bakú

Pero no es sólo la alianza turca la que empuja a los paralelismos: el mismo presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, mientras por un lado trata de aparentar intenciones de integrar a la población armenia de Nagorno Karabakh en la sociedad azerí, no escatima en gestos de deshumanización y humillación contra los armenios. Hace unos días, los armenios despertaron con las fotos de un recién inaugurado “Parque de Trofeos Militares” en Bakú, la capital de Azerbaiyán. Esto ha despertado la incredulidad e indignación en Armenia e internacionalmente (incluso dentro de Azerbaiyán), por su carácter morboso y desagradable al contar no sólo con maniquíes que representan soldados armenios heridos, confundidos y moribundos, si no principalmente con una cortina hecha con los cascos de soldados armenios fallecidos en el conflicto.

El presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, caminando entre la “cascada” de cascos de soldados armenios

La cascada de cascos recuerda a otras representaciones de la muerte: colecciones de calaveras en Camboya; un infame arco hecho por Saddam Hussein en Iraq adornado también con cascos de soldados iraníes fallecidos en la guerra entre ambos países; y a muchos armenios, esas imágenes icónicas de calaveras apiladas del genocidio armenio. Sólo el hecho de que la barbarie cruda ya no esté de moda en este siglo pareciera prevenir que la cascada no sea justamente de cabezas y huesos, sino de cascos, ya que el mensaje que transmite: la deshumanización, la vanagloria pornográfica y la humillación del enemigo, es el mismo.

La base del arco “Manos de la Victoria” en Baghdad, adornada en los años de Saddam Hussein con cascos de soldados iraníes de la guerra entre Irán e Iraq en los ’80s
Hombre camboyano ve calaveras de víctimas de los Jémeres Rojos en exposición en el Memorial Choeung Ek en Phnom Penh, Camboya.

Para la conmemoración de los 100 años del Genocidio Armenio en el 2015, el gobierno de Armenia encomendó la creación de un símbolo para representar el centenario y condensar en un ícono el recuerdo, pedido de reconocimiento y justicia por el mismo. Así nació el logo violeta con la flor “No me olvides”, que desde entonces sobreescribió y tomó el lugar de muchas de las representaciones más gráficas del reclamo armenio, reemplazando huesos e imágenes de sufrimiento por una imagen más abstracta que buscaba condensar todas sus dimensiones y pasar de una pedagogía del terror a una más solemne y simbólica. 

En un paralelismo peculiar, Azerbaiyán adoptó como símbolo de los caídos de su lado en la guerra una versión estilizada de otra flor violeta, el Khari-bulbul, típica de la zona de Karabakh. La misma adorna perfiles en redes sociales y actos públicos en Azerbaiyán, como conmemoración de los veteranos, así como en perfiles armenios abunda y abundará más aún ahora en abril la no-me-olvides en conmemoración del genocidio.

Frente a la posibilidad de haber hecho un aún de dudoso gusto museo-parque de victoria militar sólo con equipamiento y armas del conflicto en sí, sumando la caricaturización de armenios y la pared flotante de casos de soldados enemigos muertos, el gobierno de Azerbaiyán se aleja de una retórica solemne que también ha desarrollado y tiene a su disposición, e invita a los armenios a los paralelismos deshumanizantes con el genocidio de los que podría tratar de alejarse.

Elige una pedagogía del terror, un mensaje de ganador soberbio, que no suma ni un paso hacia la normalización de las relaciones entre ambos países y sociedades, antagonizando aún más con los armenios del mundo y especialmente con los de Karabakh que trata de convencer de una coexistencia posible. Pudiendo elegir una cortina de flores, elige una de calaveras, haciendo inevitable que este 24 de abril la demanda de reconocimiento y justicia por el genocidio armenio esté pintado por los reclamos de que justamente su no-reconocimiento lleva a la reproducción y repetición de eventos similares, discutible quizás en cuanto los paralelismos de los motivos de la guerra en sí, pero difícil de no verlo en la deshumanización y desprecio por la vida de los armenios. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s