Anónimo tiene nombre de mujer

Anónimo tiene nombre de mujer

La participación de las mujeres en la literatura es mucho más extensa de lo que alguna vez podremos conocer. Históricamente silenciadas, algunas lograron poner sus verdaderos nombres al final de la página.

Las mujeres han tenido que firmar como Anónimo o con pseudónimos para lograr ser publicadas a lo largo de la historia.

Por: Carolina Aguirre Hayes (@cosiaca.libros)

En la historia de la literatura, como en otras ramas de la cultura y de las ciencias, las mujeres han sido silenciadas. Se consideraba que su deber eran las tareas domésticas; su lugar, tras las paredes del hogar; y su misión, procrear. No es hasta el siglo XIX que empiezan a ser reconocidas las voces de las mujeres en las letras. Sin embargo, la integración fue paulatina y no sin obstáculos.

¿Por qué? Esta pregunta se realiza Virginia Woolf en el ensayo Un cuarto propio en el cual llega a la conclusión de que una mujer necesita 500 libras al año y una habitación propia para escribir novelas y poesías. Con aquella frase, Woolf denunciaba que las mujeres han sido históricamente más pobres, y que, por lo tanto, la diferencia con los hombres era (es) también una diferencia de clase.

Por otro lado, las mujeres que podían darse el lujo de escribir debían ser cautelosas y precavidas sobre lo que fueran a decir. Condenadas a la vida doméstica, no podían pretender un espacio junto a los hombres y, todavía menos, contradecir la ideología dominante. El control omnipresente se ejercía también desde los géneros: estaba permitido o era más adecuado que las mujeres escribieran novelas, mientras que la historia o la filosofía seguían reservadas para los hombres. 

Portada de “Un cuarto propio”, escrito por Virginia Woolf.

Por esta razones y otras más, las mujeres se vieron obligadas a escribir desde el anonimato o bajo un seudónimo para ocultar sus identidades, para lograr que las publicaran, para tener una mayor difusión pues los hombres no leían libros de mujeres y las editoriales se resistían a publicarlas. Virginia Woolf decía: “Para la mayor parte de la historia, Anónimo era mujer”.

Portada de la 1° edición de Harry Potter, subastada por 122 mil dólares.

Algunos ejemplos son las hermanas Bronte: Charlotte, Emily y Anne firmaban como Currer, Ellis y Acton Bell, respectivamente. Jane Austen prefería firmar  “A Lady”  (sólo aclaraba que el libro había sido escrito “por una dama”); Louisa May Alcott, como  A. M. Barnard; Amantine Dupine, como George Sand; Mar Anne Evans, como George Eliot; Cecilia Böhl de Faber, como Fernán Caballero; la creadora de nuestra querida Mary Poppins, Pamela Lyndon Travers, como  P. L. Travers.  Entre las más recientes, a finales del siglo XX podemos encontrar a Joanne Rowling que utilizaba las iniciales J K para publicar los libros del mago más conocido en el mundo. Pues, como sugirió la editorial entonces -¿y ahora?- un nombre femenino no atraería demasiada audiencia.

El caso de Mary Golding Shelley, autora de Frankenstein, es uno de los más ilustrativos. Viéndose obligada a firmar como Anónimo, los lectores y críticos asumieron que fue su esposo el autor de toda la obra pues había escrito y firmado… el prólogo. Es que esa inmensa participación ameritaba llevarse todo el crédito, por supuesto. En realidad por aquella época era bastante común que las mujeres firmaran con los nombre de sus maridos.

La lista podría ser infinita. ¿Cuántas mujeres debieron permanecer en las sombras? ¿Cuántas siguen estando en ellas? Algunas tuvieron la oportunidad de develar sus nombres en vida como las Bronte y otras los sostuvieron hasta el final como es el caso de Mar Anne Evans y Amantine Dupine. 

Iniciativa de la Editorial Seix Barral para dar visibilidad a las autoras silenciadas.

Si hablamos de invisibilización de las mujeres en el canon literario, masculino por excelencia, no podemos dejar de hablar de los galardones como el Premio Nobel de Literatura: sólo 16 mujeres han recibido este reconocimiento desde  que se instauró en 1901. El  Premio Cervantes -entre los más importantes de la lengua española-  ha otorgado 5 premios a mujeres frente a 40 otorgados a hombres desde su creación en 1976.

Faltaría agregar sobre las mujeres en La Real Academia pero con dos palabras alcanzarían para ilustrar su participación: prácticamente nula

Aún con las trabas que debieron afrontar, algunas mujeres han logrado notoriedad, fruto de su talento y tras mucho trabajo -siempre entorpecido por el simple hecho de ser mujer. Lamentablemente, aún hoy, luego de tantas batallas ganadas, siguen siendo publicadas en un porcentaje menor a los hombres. 

La pequeña lista a modo de ejemplo que hemos compartido antes, si bien, insuficiente, no es caprichosa. Es menester otorgarles a estas mujeres el reconocimiento que merecen.  Mujeres con las que estaremos toda la vida en deuda por haber luchado por un espacio en la historia, por darle voz a las que fueron silenciadas y por iniciar el camino hacia una igualdad en el mundo literario donde sus huellas han marcado un antecedente y han generado el impulso de imitarlas. Este esfuerzo no ha sido en vano, llevábamos muchos siglos sosteniendo una versión empobrecida de la historia. La riqueza estaba en cada una de estas mujeres. 

Ahora, es nuestro turno de hablar.

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