Soy bueno, merezco amor

Según incontables canciones, películas y series, si un hombre se comporta como una persona decente es su derecho que la mujer de sus sueños caiga rendida a sus pies. No puede ser de otra manera. Pero si calamos más hondo en ese discurso nos vamos a encontrar con ideas y nociones bastante nocivas que deberían ser abandonadas de una vez por todas.

Fragmento de Can’t hardly wait, donde Preston, el chico bueno, no se anima a hablarle a la chica de sus sueños, Amanda.

Por: Anita Cattorini

Hace unas noches me dieron ganas de ver una película en particular llamada Can’t hardly wait (en español sería algo así como Casi que no puedo esperar). Es una comedia adolescente de 1998 sobre un grupo de estudiantes de secundaria y lo que pasa en la fiesta de fin de curso, antes de que se vayan a la universidad. No es ninguna obra maestra del género. Es más, la mayoría de los chistes son bastante medio pelo y no envejecieron bien. Pero la primera vez que la vi tenía 16, y desde ese momento, verla significa reencontrarme con algo familiar que me hace acordar a tiempos más simples. Sin embargo, en este último visionado, noté un aspecto que antes se me había pasado por alto.

Preston (interpretado por Ethan Embry), el protagonista del film, un chico aplicado, tranquilo, lo que se podría decir un nice guy (buen tipo), está perdidamente enamorado de Amanda, la chica más popular de la escuela (interpretada por Jennifer Love Hewitt). Preston nunca le confesó a Amanda sus sentimientos ya que ella estuvo en pareja los últimos tres años, pero ahora que está soltera es la oportunidad perfecta para que él le diga lo que siente y así poder estar juntos. El problema es que a Preston jamás se le cruza por la cabeza que tal vez Amanda no esté interesada en él, que el hecho de que él no sea una basura de persona, como su ex-novio, no le garantiza automáticamente que ella lo va a amar. Y esto es solo la punta del iceberg de algo mucho más grande.

Si creciste entre la década de los ‘90 y los 2000, probablemente te cruzaste, en algún punto de tu infancia/preadolescencia, con un producto audiovisual, ya sea una serie (animada o live action) o una película, que presentaba un arquetipo de personaje masculino bien específico: protagonista o personaje secundario, es un joven (adolescente o en sus veintes) algo tímido o considerado un “perdedor” pero buenazo, y un romántico nato que está totalmente rendido a los pies de una chica que considera fuera de su alcance, al mismo tiempo que cree que él es el indicado para ella, superior a cualquier otro pretendiente. Básicamente, el “no soy como otras chicas” pero para varones.

Ted, de HIMYM, y Ross, de Friends, son dos personajes que ejemplifican a la perfección el tropo de «buen tipo».

Este tropo, que existe hace mucho tiempo pero que a partir de los ‘80s se volvió mucho más presente en la cultura popular, crío a varias generaciones con la idea de que si son medianamente decentes (leáse no ser unos violentos abusivos) con el sexo opuesto, el género femenimo les debemos eterna gratitud y amor incondicional. Que realizar una buena acción para con otro siempre merece algo a cambio. Que si las mujeres no estamos interesadas en estos “buenos” tipos debe ser porque no nos respetamos a nosotras mismas y no nos gusta que nos traten bien. Y más pensamientos así de nefastos.

En un momento de Can’t hardly wait, luego de que las cosas no estén saliendo como él había planeado, Preston se plantea a sí mismo su confusión mientras maneja. “¿Cómo puede ser que él no termine junto a Amanda? Si ellos están destinados a estar juntos. El día que él la vio por primera vez ella estaba comiendo el mismo snack que él, eso tiene que significar algo, ¿no?”.

Porque ese es otro grave problema. La idea del “buen tipo” o “pibe bueno” implica que la mujer es un objeto de adoración, una fantasía que no tiene nada de autonomía o interés propio. Cuando el hombre logra expresar lo que siente o realiza un gesto extremadamente romántico no espera un “No” como respuesta final. En su cabeza, la mujer no puede negarse a su “bondad” y “romanticismo”. Y si lo hace, ese rechazo inicial solo significa que debe seguir insistiendo. Otro caso muy claro de esto es el personaje de Ted en la serie How I met your mother, que, con la excusa de que él es un fanatico del amor, vive proyectando e idealizando a las mujeres que le interesan, constantemente ignorando sus deseos y teniendo un accionar bastante cuestionable más de una vez con tal de probar lo romántico que es.

La sociedad es cada vez más consciente de la toxicidad de ser un «buen tipo» y hay memes al respecto.

Por si fuera poco, una vez que la realidad le pega una cachetada a estos “tipazos” y ven que las mujeres no caen rendidas a sus pies, muchos se llenan de resentimiento hacia la sociedad, pero especialmente hacía el sexo opuesto, creyendo que se merecen el maltrato y las faltas de respeto puesto que, en sus ojos, ellas no mostraron compasión por ellos. Los denominados “Incels” capturan perfectamente en la actualidad esta etapa del “buen tipo” fallido.

Al final de la película, sucede algo particular (SPOILERS A CONTINUACIÓN). Amanda va en busca de Preston al enterarse, mediante una carta, de su adoración por ella. Sin casi nada de interacción entre ambos durante todo el metraje, el film termina con ellos dos besándose. Esto podría considerarse un final “feliz” pero que entra en conflicto y termina negando el arco que el personaje de Amanda atraviesa durante la cinta. Ella, una vez que su novio la deja, se cuestiona a sí misma su identidad, ya que al haber estado tanto tiempo en pareja no está segura de quién es y sugiere que debería estar sola para volver a conocerse. Todo esto es tirado por la ventana en favor de que el “pibe bueno” obtenga su recompensa y el tropo siga intacto. 

Si bien parece que las nuevas generaciones crecen libres de este tipo de discursos y hasta en los productos audiovisuales se está comenzando a mostrar a los “buenos tipos” como los villanos (hola You), son muchos los que se han nutrido de estas ideas. Pero nunca es tarde para entender que nadie nos debe nada solo porque seamos decentes individuos, como debería ser, y que es mucho más liberador ver y tratar a los demás como personas y no como objetos de los que hay que ganar su afecto, libres de todo ese resentimiento acumulado que no lleva a ningún lado.

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