Vínculos ¿tóxicos?

Vínculos ¿tóxicos?

¿De qué hablamos cuando hablamos de vínculos tóxicos? Detrás de la “toxicidad” se oculta algo macroestructural. Las ideas del amor romántico, los peligros de los chistes y de la era de la cultura digital. Una vez más, otro velo a la violencia.

Por: Flor Brizuela

“Sos re tóxica”; “Soltá al tóxico”; “Somos re tóxicos”. ¿Qué hay con la toxicidad? ¿Qué implica? Plotuist habló con lxs psicólogxs Alejandra Devenuta y Antonella D’Alessio (cofundadora de la Red de Psicólogxs Feministas), quienes ponen el concepto bajo la lupa y nos ayudan a ver qué hay más allá.

En principio, Alejandra Devenuta nos dice que no se lleva bien con el hecho de depositar la toxicidad en un vínculo o en una persona. “Hay dinámicas en distintas relaciones que reproducen asimetrías de poder o determinadas violencias que son sociales, macroestructurales”, expresa. Violencias. Ahí está el quid de la cuestión. En esta línea, Antonella D’Alessio manifiesta que lo que empezó a suceder es que se habla de “vínculo tóxico” para evitar hablar de violencia, de algún grado o tipo: “La supuesta toxicidad tiene que ver con comportamientos, actitudes, comentarios que se relacionan con la violencia psicológica”.

Y cita la conocida Ley Nacional 26.485, la Ley de protección integral a las mujeres, que establece que la violencia psicológica es uno de los tantos tipos de violencia, definiéndola como aquella que “causa daño emocional y disminución de la autoestima o perjudica y perturba el pleno desarrollo personal o que busca degradar o controlar sus acciones, comportamientos, creencias y decisiones, mediante amenaza, acoso, hostigamiento, restricción, humillación (…)”, y así sigue la lista.

Muchas de las parejas retratadas en los clásicos de Disney muestran patrones de toxicidad.

¿Por qué traemos una ley que habla de la violencia de género? Porque la mayoría de las veces, los “vínculos tóxicos” se refieren a conductas violentas en relaciones heterosexuales, entre un hombre y una mujer cis; olvidando que hay otras violencias y configuraciones en los vínculos donde pueden aparecer dinámicas abusivas, de manipulación, etcétera. Entonces, esto recae sobre femineidades y personas que fueron socializadas como mujeres. Así, los “vínculos tóxicos” de los que más se habla son alrededor de la pareja.

En nuestra sociedad, existe una idea del amor que, según D’Alessio, bajo una mirada binaria y biologicista, deja un lugar específico para las mujeres y otro para los varones. Se establece así qué puede y debería hacer cada unx dentro de un vínculo sexo afectivo. El amor romántico es la figura del amor que todo lo puede, todo lo perdona, que expresa que es preferible estar en pareja que estar solx, por más de que en ese vínculo exista algún tipo de violencia. Es aquel para el que los celos son signos o símbolos de cariño, de afecto. Por eso, el amor -la concepción que tenemos de él- en estas situaciones, lo único que logra es poner un velo sobre las violencias y romantizarlas.

“Cuanto más cuestionemos a nivel social el amor romántico y la compulsión a ponernos en pareja, creo que más vamos a generar herramientas para no naturalizar estas violencias”, declara Devenuta. Porque a pesar de que éste pueda ser considerado un “amor sano”, la pareja -las más de las veces- está construida sobre lógicas exclusivas, monogámicas, de privilegio, poder y sujeción. Con ese lenguaje aprendemos a relacionarnos, un lenguaje que responde a lógicas de exclusividad, de jerarquía respecto a otros vínculos, de posesión, de control. Tal vez no existan esas violencias más crudas, pero se basan en lógicas violentas.

Sin embargo, estas conductas también se dan en relaciones familiares, laborales, de amistad. Muchas veces es en la familia nuclear en donde se viven las mayores violencias cuando llega a ser el primer lugar en el que ocurren abusos sexuales en la infancia o adolescencia, el primer lugar del que se es expulsadx cuando no se es cis género o heterosexual. Aunque también hay violencias más solapadas como exigencias y jerarquías entre los vínculos: qué se le demanda a quién; comentarios; controles; el no respetar la privacidad y revisar cosas ajenas.

D’Alessio pone de manifiesto que en el imaginario social circula la idea de que en la familia hay amor; existe un mandato que dice que hay que tener una buena relación. Esto tiene que ver con que se ha invisibilizado que en estos vínculos, y también en los laborales, hay elementos violentos y de manipulación.

Entonces, ¿qué hacer cuando detectamos estas conductas? ¿Cómo las detectamos? ¿Es tan fácil darse cuenta?

Un pequeño pero gran paso es contar con redes de apoyo; es algo que permite tener una mejor posibilidad para identificar las violencias. Una red de apoyo pueden ser esos vínculos en donde unx se siente cómodx en el compartir o un espacio de terapia con perspectiva de género. Este último puede ser el lugar para evaluar junto con unx profesional de la salud mental cuáles son los riesgos de permanecer en esos vínculos; si es recomendable hablar con la red de afectos; o hacer una denuncia, si el caso lo requiere.

Hay que agregar que también es responsabilidad de todas las personas hacer una evaluación interna sobre cómo ejercemos poder en nuestros vínculos; qué cosas decimos para generar en la otra persona algún tipo de cambio; si damos lástima, si manipulamos, presionamos o amenazamos de algún modo para que la otra persona haga lo que queramos o no haga lo que no nos gusta.

Y en este mapa falta algo crucial: las redes sociales, nada más, nada menos. En la actualidad se dan otro tipo de configuraciones de violencia que antes no existían; la tecnología media todas nuestras prácticas. En este sentido, se puede convertir en una plataforma que no solo vehiculiza violencias, sino que las naturaliza. “Pensemos en la pornovenganza, en el cyberbullying”, dice Devenuta, y continúa: “en un vínculo ‘romántico’ una forma de maltratarte es bloquearte de todos lados y desaparecer -con la ansiedad y el desconcierto que eso genera. Hay todo un sistema que lleva a esas conductas, que genera ansiedad; son nuevas dinámicas de maltrato a través de las redes sociales”.

Otro caso aparte son los memes, los chistes que circulan. Ya no hay una clara línea de qué significa ser tóxicx; es gracioso. D’Alessio expresa al respecto: “yo creo que más que naturalizar, se simplifica, se minimiza, se reduce el impacto y se termina nombrando como tóxico a un vínculo que es violento”. “Me parece que es importante que las personas que manejan cuentas de redes sociales muy populares, léase influencers, empiecen a ser responsables sobre lo que comunican y cómo lo comunican: la toxicidad en los vínculos es un eufemismo para la violencia, la violencia nunca es un chiste, nunca es gracioso y nunca es sin consecuencias para quienes la sufren”, sostiene la psicóloga.

Alejandra Devenuta nos expresa el mismo planteo, pero agrega algo interesante. La capacidad crítica del humor. Nos dice que hay veces, dependiendo de cómo esté abordado ese humor, en las que puede pasar que la representación en un meme nos ayude a dar cuenta de algo que “nos hace ruido”, que no está bien. Algo que, tal vez, si lo hubiésemos leído de una forma “seria”, no nos hubiese llegado de la misma manera.

Vínculos ¿tóxicos? No, violencias escondidas detrás de eufemismos que no hacen otra cosa que seguir perpetuando su reproducción.

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