Recordando a Quino

Reír y hacer reír para sobrevivir

El miércoles 30 de septiembre falleció Quino, uno de los mejores humoristas gráficos que el mundo haya conocido. Su trabajo, una crítica aguda y certera a la sociedad, sigue vigente al día de hoy. Un intento por explicar por qué fue tan grande.

Quino en la muestra por los 50 años de su trabajo. Fuente: Unidiversidad

Por: Anita Cattorini

Hay nombres que en algún momento de la historia pasan a ser parte del léxico de una sociedad, como si se convirtieran en una palabra más del vocabulario, similar a “silla”, “nube”, etc. Este fue el caso con Quino. Miles y miles de personas que nacieron lejos de las décadas del ‘60 y del ‘70 llegaron a este mundo con el nombre del humorista gráfico integrado en su ADN aunque no supieran exactamente qué era un Quino. Que en 4 de cada 5 casas (números aproximados) hubiera alguno de los “libritos” de la historieta Mafalda seguro ayudó. Así de poderoso es el legado del dibujante argentino que nos dejó hace unos días.

Nacido Joaquín Salvador Lavado en la ciudad de Guaymallén, Mendoza en 1932, Quino descubrió su pasión bastante rápido. A los 4 años, alentado por su tío, empezó a dibujar monigotes con un lápiz azul y quedó maravillado y enamorado del mundo del dibujo. Desde ese momento, supo a lo que se quería dedicar y nunca volvió a mirar atrás. Empezó a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Mendoza pero se aburrió bastante rápido de dibujar jarrones y, con 18 años, partió para Buenos Aires. El sueño: trabajar como ayudante de alguno de los dibujantes que tanto admiraba, como Guillermo Divito.

Sin embargo, no le fue muy bien y al poco tiempo volvió a Mendoza. Según él, nadie lo tomó porque, aunque tenía buenas ideas, dibujaba muy mal. Hizo el servicio militar y ya con 22, decidió probar suerte una vez más en la ciudad porteña. Sus habilidades de dibujo habían mejorado (aunque nunca quedaría conforme, en sus propias palabras: “Yo no dibujo como quiero, sino como puedo”) y rápidamente empezó a publicar sus tiras en semanarios como Rico Tipo y Tía Vicenta.

Poco a poco, el artista mendocino fue encontrando su estilo. El click llegó cuando se cruzó con la obra de Jean Bosc y Chaval, dos caricaturistas franceses que se destacaban por recurrir al surrealismo, y sin usar una palabra, para generar humor (“Sus chistes no tenían nada que ver con el humor de suegras y oficinas que había por la época”). Pero no sería el surrealismo lo que haría que el trabajo de Quino llamara la atención en primer lugar y perdurara en el tiempo de la forma en que lo hizo. Hubo un ingrediente especial.

Con una sola viñeta y sin ningún diálogo, Quino era capaz de realizar una crítica mordaz y certera a la sociedad y al hombre como especie. Según él: “El humor sirve para poner en evidencia las cosas absurdas que hacemos los seres humanos”. Y esa fue la mentalidad con la que él crearía sus chistes. Las miserias de la humanidad y la relación entre poderosos y débiles fueron sus musas ya que la idea de hacer humor sin que tuviera un sentido crítico-político nunca lo atrapó, no le veía el sentido. La realidad lo angustiaba mucho y comentar sobre la misma con humor era su forma de sobrellevarla.

Hasta Mafalda, esa tira de historietas que surgió casi de casualidad por pedido de una empresa que buscaba hacer una publicidad encubierta de sus nuevas heladeras Mansfield y que terminó siendo su trabajo más popular, tenía en cada uno  de sus personajes algún comentario sin pelos en la lengua sobre la sociedad del momento. La titular protagonista, una pequeña curiosa, contestataria, preocupada por el mundo, interesada por los derechos de las mujeres y con un odio profundo hacia la sopa (metáfora sobre las cosas impuestas obligatoriamente); Manolito, ignorante, enamorado del dinero y con sueños de ser un gran empresario; Susanita, preocupada únicamente en casarse con un médico con plata y tener hijos; o Libertad, las más feroz y revolucionaria a pesar de su corta estatura (“La libertad es siempre chiquita”).

Si algo nunca le faltó al dibujante fue integridad. Cuando sintió que ya se estaba repitiendo y para evitar convertirse en un esclavo del personaje, en 1973 se despidió de Mafalda y todos sus coloridos personajes. No importaba que el producto se pudiera seguir explotando por varios años más, que los tomos que recopilaban todas las tiras de la historieta se agotaran al momento que estaban a la venta. Ese proyecto había llegado a su fin. Tampoco usó color para sus dibujos a menos que lo creyera necesario. El blanco y el negro le parecian lo suficientemente poderosos para expresar lo que deseaba.

Quino siguió dibujando hasta 2007, momento en el que decidió retirarse. En todos esos años, dictaduras y defaults en el medio, sus chistes no perdieron fuerza, ingenio ni puntería. Tristemente, la humanidad no cambió mucho desde los ‘50 y las viñetas creadas por el mendocino parecen hechas ayer. Aún así, las críticas apuntadas a la sociedad implican una luz al final del túnel, una fe implícita de que las cosas pueden mejorar. Y con nuevas generaciones descubriendo su obra todos los días, queda esperanza. “Creo que toda generación tiene la obligación de creer que lo va a poder lograr, que va a poder cambiar el mundo” dijo una vez.

En una entrevista, Quino dijo que no le gustaba mucho hacer entrevistas (oh, la ironía) porque lo que él tenía para decirle a la gente ya lo hacía a través de sus dibujos. Y la verdad que no lo podría haber dicho mejor. En cada viñeta, en cada tira, su inconfundible esencia está presente. Siempre con las palabras, o en muchos casos, los dibujos justos. Siempre defendiendo al débil de la impunidad del poderoso. Siempre recordándonos, como miembros de la humanidad, en todo lo que estamos fallando para tratar de mejorarlo. Siempre haciéndonos reír para que la realidad no nos pase por encima. Siempre Quino.

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