Madre del aula

Madre del aula

Hay pocas profesiones tan avasalladas, subestimadas y poco valoradas como la docencia. ¿Será coincidencia que es una ocupación mayormente ejercida por mujeres? Feminización de la docencia, un fenómeno vigente.

Por Dana Goin

En los últimos años, Argentina fue testigo de numerosos ejemplos del destrato hacia docentes. Profesores “voluntarios” ante el reclamo por aumento salarial, promesas que nunca llegaron a concretarse y hasta explosiones en establecimientos que se cobraron vidas. ¿Cómo puede un país crecer si olvida a quienes sostienen al futuro de la nación?

Muchas veces se pone a países como Finlandia o Noruega de ejemplo en educación, omitiendo que allí las y los docentes ganan como los médicos y son profesionales de alto prestigio.

¿Y en Argentina? ¿Quiénes están a cargo de la educación de las y los estudiantes? Según la Organización de Estado Iberoamericanos, el 76% de los docentes del país son mujeres. Esto no es una novedad: desde la conformación del Estado-Nación, a fines del siglo XIX, las mujeres tuvieron un rol importante en la educación de la población. La necesidad de unificar los territorios y crear una única identidad nacional se logró, entre otras cosas, con la Ley de Educación Común, sancionada en 1884. Así, como madres y como maestras, las mujeres fueron las encargadas de transmitir los valores del país naciente.

Fuente: Conicet

“La feminización de la docencia produjo una redefinición del rol femenino: de maternidad biológica a maternidad social como desarrollo de los atributos maternales con los/as hijos/as no propios”, explica Claudia Anzorena, doctora en Ciencias Sociales. En ese entonces, según señala la autora, existía la convicción de que las mujeres eran más propensas para este tipo de tareas. Una vez más, mujeres a cargo de tareas de cuidado. Porque, ¿qué es la educación si no un trabajo de acompañamiento, de cercanía, de sostén?

Así, fue un campo que se volvió ampliamente femenino por la asunción de que este género estaba mayormente “preparado” para la tarea por sus dotes naturales en la crianza. De hecho, en un comienzo, las primeras Escuelas Normales (de formación docente) eran mixtas, hasta que en 1884 pasaron a ser exclusivamente femeninas. 

Según Marcela Lagarde, antropóloga feminista, las mujeres son socializadas como “seres para otros”, con un propósito de vida de entrega hacia los demás (y, en consecuencia, de postergamiento de la propia existencia). Así, la identidad femenina se construye en torno al cuidado, la crianza, la presencia, la paciencia y la compasión. ¿Cómo no iba a ser la docencia una profesión ideal para ellas?

Pero (siempre hay un pero) las mujeres eran perfectas para estas tareas y no para otras. La dirigencia, la conducción, la organización quedaron en manos de hombres. Una vez más, la división sexual del trabajo se encarnó en la repartición de tareas: ellos a la cabeza, ellas a las aulas. Ellos, aptitudes “duras” de liderazgo y gerencia; ellas, tareas “blandas” de acompañamiento y amor. Sin ir más lejos, actualmente el 53,3% de la cúpula del Ministerio de Educación está conformado por mujeres, un contraste con los dos gobiernos anteriores: 30,7% con Mauricio Macri y 25% con Cristina Fernández de Kirchner. Aún así, es un hombre -Nicolás Trotta- el que está a la cabeza.

Sin embargo, la incorporación masiva de mujeres al sistema educativo nacional, tanto como alumnas o como docentes, fue un paso hacia su autonomía, incluso si no fue planeado así de antemano. Para muchas, fue el canal de salida del ámbito privado del hogar. Lo sintetiza Anzorena: “De las filas del sistema educativo construido para el nuevo Estado, aunque sus intenciones democratizadoras hayan sido limitadas, surgieron o transitaron las mujeres que darían lugar a la primera ola del feminismo en Argentina de finales del Siglo XIX y principio del XX, en las campañas por el derecho al sufragio y a la participación política”.

¿Quién no le dijo alguna vez “mamá” a la maestra?

Más de un siglo más tarde, los números siguen inclinándose fuertemente para un solo lado. Son ellas quienes en su mayoría conforman el aparato docente, aún hoy. De hecho, uno de los imaginarios sociales es que la maestra es una “segunda madre”, así como la escuela un “segundo hogar”.

En un país con la mitad de sus menores de 14 años en la pobreza, esto es una realidad: para muchos chicos y chicas, el desayuno o merienda que reciben en la escuela puede ser el único plato de comida que reciben en el día. Las maestras muchas veces suplen el lugar que queda vacío cuando las madres y los padres no están presentes.

Imagen del 2017, en pleno conflicto salarial.

Todo lo ven: la tarea incompleta, las zapatillas sin atar, las manos sucias, las ojeras, la falta de sueño. No es sólo dar clase: es estar ahí, presentes, acompañando, posibilitando un mundo de crecimiento. Peinan las trenzas y atan los cordones, limpian narices y enseñan valores.

Eso es parte de su trabajo: enseñar es cuidar. Después de todo, las y los alumnos son sujetos en formación. El problema es que también compran sus propias tizas. Es un trabajo altamente precarizado: en diez años, sólo en tres provincias argentinas el salario docente le ganó a la inflación.

Los bajos salarios generan que se deba optar por dos (o hasta tres) jornadas laborales para llegar a fin de mes. A esto se le suman las horas de trabajo no remunerado que sistemáticamente realizan las mujeres. La precarización es (al menos) doble cuando la misma persona se hace cargo de propios y ajenos.

Maestra de primaria preparó un fondo a mano para sus clases virtuales

¿Y ahora, en pandemia? Son trabajadoras esenciales. Los intentos de recrear los espacios áulicos ensayando una cercanía difícil de conseguir en la virtualidad se volvieron la tarea de todos los días. Desde profesores que van casa por casa dejando la tarea, hasta docentes que fallecen en vivo, esta cuarentena ha visto de todo. Y los aplausos nunca fueron para ellas.

Precarizar, deslegitimar, subestimar el trabajo docente en un país en donde las mujeres ocupan por lejos la mayoría de los puestos es un golpe patriarcal. Es una manera de socavar el poder femenino y un ataque indirecto a las infancias y adolescencias.

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