Películas en blanco y negro

No todo lo que brilla es color

En la actualidad, la creencia de que los films en blanco y negro son aburridos, obsoletos y por lo tanto, no vale la pena verlos. Sin embargo, el color (o, mejor dicho, la falta de) no afecta la calidad del producto. Es más, dependiendo el caso, la potencia. Algunas películas para tener en cuenta.

Fragmento de La Antena. Fuente: Arsenevich

Por: Anita Cattorini

Vivimos en un mundo donde, más que nunca, tenemos a nuestro alcance una amplia variedad de medios para poder ver películas. A ir al cine, mirarlas en la televisión o comprarlas en DVD/BlueRay, se le sumaron las diversas plataformas de streaming y las siempre presentes descargas ilegales. Es decir, ya no tenemos excusas a la hora de elegir que vamos a mirar. Aún así, con la biblioteca interminable de films que la internet tiene a nuestra disposición, son varios los prejuicios que juegan en las personas cuando van a decidir en qué gastar las próximas dos horas de su tiempo libre. Y tal vez no haya mayor prejuicio que sobre las películas en blanco y negro.

Por estos días, no es raro escuchar o leer por ahí comentarios del estilo de “No puedo ver películas que no son a color, se me hacen inmirables” o “Imposible que mire películas viejas, especialmente si son en blanco y negro, me aburren”. No se sabe cuándo, pero en algún momento, en el consenso popular se hizo la asociación de que lo viejo, en cuanto a cine (y varios aspectos más), equivale a malo, obsoleto y aburrido. Lo cual resulta curioso, puesto que en la música sucede lo opuesto: lo viejo es apreciado con cariño, y muchos artistas y bandas tratan de emular los sonidos de décadas pasadas como los ‘60, ‘70 y ‘80.

Este pensamiento no podría ser más errado. La calidad de un film no es directamente proporcional al color del mismo. Que una cinta sea en blanco y negro no la hace automáticamente mala. Así como en el presente, entre todos los grandes productos que se realizan, se siguen produciendo películas de dudosa calidad, en la primera mitad del siglo XX pasaba lo mismo. La única diferencia es que en esa época los avances tecnológicos en cuanto a la industria cinematográfica todavía estaban en proceso de evolución y la producción a color aún no había llegado a un nivel masivo. Películas buenas y malas se hacían en la misma cantidad.

Con la llegada de la televisión en la década del ‘50, el cine se vio amenazado y decidió que la industria se pasara definitivamente al color para ofrecer algo que la TV no tenía. Sin embargo, el blanco y negro no fue abandonado y es elegido al día de hoy por muchos cineastas (ya sea por una decisión estética, de presupuesto o porque es funcional a la historia que se quiere contar) para crear sus obras.

Para que no queden más dudas, algunos ejemplos que anulan el mito urbano de que las películas en blanco y negro no valen la pena.

12 Angry Men (1957)

Fragmento de 12 Angry Men. Fuente: Yuppee Magazine

Tal vez uno de los pocos films que se podría discutir que es perfecto, tanto a nivel técnico como de guión y actuaciones, 12 Angry Men (o como se la conoció en Latinoamérica: 12 Hombres en Pugna) es el caso modelo de historia bien contada solo usando una locación, dejando que los actores y el diálogo sean los verdaderos protagonistas.

La trama se centra alrededor de un jurado compuesto por doce hombres, de distintas edades, trabajos y grupos sociales, que debe juzgar a un chico de 18 años de barrio humilde acusado de haber asesinado a su padre. La decisión debe ser unánime, y si concluyen que es culpable, será enviado a la silla eléctrica. Todo parece indicar que el jurado va a declarar al acusado culpable, pero cuando llega el momento de votar uno de los hombres vota por no culpable. Solo hay dos opciones: o los once convencen al que piensa distinto a ellos o el que votó diferente intenta que el resto cambie su opinión.

Lo que sigue es una hora y media de prejuicios y valores personales de los mismos hombres siendo puestos sobre la mesa, además del abordaje de temáticas como la discriminación y clasismo que, tristemente, siguen estando muy vigentes en la actualidad.

Down By Law (1986)

John Lurie, Roberto Benigni y Tom Waits. Fuente: La del cine Grand Splendid

Jim Jarmusch es medio el rey de las películas indies. O al menos fue una de las personas que se encargó de darle fuerza a lo que es hoy el cine independiente. Con su primer film importante, Stranger Than Paradise, comenzó a hacerse un nombre por sí mismo gracias a una estética marcada (que incluía que la cinta fuera en blaco y negro) y un estilo para contar aspectos más mundanos de la vida. Down By Law (traducida como Bajo el Peso de la Ley) sirvió para reafirmar las marcas características para filmar y escribir de Jarmusch.

La historia sigue a Zack, un DJ de radio (interpretado por el cantante Tom Waits); Jack, un proxeneta (interpretado por el músico de jazz John Lurie, que era conocido de Jarmusch y ya había actuado en Stranger Than Paradise); y Roberto, un turista italiano que entiende muy poco inglés (interpretado por Roberto Benigni en su primer rol fuera de Italia); que son encarcelados en la misma celda en una prisión de Nueva Orleans. A fuerza de pasar los días encerrados los tres juntos, entre juegos de póker y cánticos sin sentido, una especie de relación va a surgir entre el trío y van a decidir escapar del lugar.

Aunque suena a una de esas películas de “planear y escapar de la cárcel”, el foco se corre de todo eso, con el corazón de la cinta siendo la interacción y el vínculo que nace entre los tres hombres, quienes poseen personalidades que no podrían ser más diferentes la una de la otra.

La Antena (2007)

Fragmento de La Antena. Fuente: IMDb

Los films que homenajean a la historia del cine no son ninguna novedad. Para cada época que vivió la industria, pueden apostar que alguien ya lo plasmó en la pantalla grande (Once Upon a Time in Hollywood de Tarantino es uno de los ejemplos más recientes). Sin embargo, no son tantas las obras que recurren a elementos de otras etapas del cine para contar su propia historia. Este es el caso de La Antena. Esteban Sapir, su director y guionista, toma aspectos de las películas mudas de principio de siglo XX para, justamente, hablar de la comunicación.

Situada en los años ‘30, el film se enfoca en una ciudad donde todos sus habitantes se quedaron sin voz y, lo que es peor, parece no importarles. El Sr. TV, dueño absoluto del monopolio de medios del lugar y de otros productos, tiene un siniestro plan para poder dominar completamente a la población. Solo un humilde inventor y su familia serán capaces de hacerle frente a este inescrupuloso villano y su temible idea.

Llena de referencias a clásicos de la primera era del cine, como Viaje a la Luna y Metrópolis, además de crear un universo inspirado tanto en el expresionismo como en los cómics, La Antena es un canto a la capacidad de poder pensar por uno mismo y un reflejo de los dilemas de la comunicación en el mundo actual, donde el mal uso de los medios puede ser más que peligroso.

En algo tan subjetivo como los gustos no hay manual de bien y mal. Miramos lo que miramos cuando queremos y no hay ningún problema con eso. Sin embargo, prejuzgar el arte y mantenernos alejados de algún estilo de obra a causa de preconceptos -que vaya a saber uno de donde sacamos- solo nos evita descubrir cosas que realmente podrían cambiarnos la vida de alguna forma.

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