Anticonceptivos para decidir

Anticonceptivos para decidir

Los métodos anticonceptivos son otro factor de desigualdad entre géneros. No importa la variedad y la oferta, en su mayor parte, están destinados a los cuerpos con capacidad de gestar. ¿No era que para un embarazo se necesitan dos? Un panorama y algunas explicaciones.

Del total de anticonceptivos disponibles en el mercado, sólo 2 están diseñados para cuerpos pene-portantes.

Por Dana Goin

Vienen en una variedad de tamaños y colores: grandes, pequeños, hormonales, no hormonales, de corta o de larga duración. Pero, en lo que refiere a recepcionistas, los métodos anticonceptivos no presentan un espectro tan amplio: para cuerpos con pene, sólo existen dos disponibles en el mercado argentino.

El dato toma otra dimensión si tenemos en cuenta las capacidades biológicas de los diferentes cuerpos: “Las mujeres somos cíclicas y somos fértiles solamente entre 4 y 6 días por mes. En cambio, los hombres pueden embarazar todo el mes”, explica la ginecóloga Estela Pristupin.

¿Por qué, entonces, abundan los anticonceptivos “femeninos” frente a los “masculinos”? Una de las hipótesis refiere a una cuestión de practicidad: “Es mucho más fácil interrumpir un proceso cíclico, como es el de la ovulación, que interrumpir un proceso continuo, como es el de la producción de espermatozoides”, explica Pristupin. 

De la lista de anticonceptivos a la venta, sólo 2 están diseñados para personas con pene.

Es interesante pensar que, en la gran mayoría de métodos anticonceptivos, la responsabilidad recae en los cuerpos con capacidad de gestar. Es una cuestión de costos que contempla varias dimensiones.

Por un lado, el costo monetario. Si bien la Ley 25.673 de Salud Sexual y Procreación Responsable establece una serie de métodos anticonceptivos de provisión gratuita en hospitales públicos y la inclusión de estos en el Plan Médico Obligatorio, en la práctica el acceso no siempre es tan fácil.

Además, hay un costo corporal claro. Los efectos colaterales a “cuidarse” incluyen desde aumento de peso, acné, dolores varios, falta de deseo sexual, cambios de humor, falta de sangrado menstrual y hasta depresión. Y ningún método (más que la abstinencia, claro) asegura al 100% que no se va a producir un embarazo.

Pero, además, es una cuestión de tiempos. Son horas que sólo cuentan para ellas: las ecografías y citas ginecológicas para chequear que el DIU siga en el lugar correcto, la alarma que suena todos los días a la misma hora para tomar la pastilla, ir a la salita cada tres meses a inyectarse. Las mujeres dejan el cuerpo y la agenda, como mínimo, con tal de no quedar embarazadas.

¿Cuál es la carga mental de cuidarse?

La carga está ahí presente, en el acordarse, en el susto al olvidarse una pastilla, en el llamado al centro médico; en el espacio mental que ocupa el tema.

¿Y todo esto por qué? “En general los métodos anticonceptivos están pensados para mujeres o cuerpos gestantes porque son ellos los que cargan con un embarazo que no buscaron y con las consecuencias de interrumpirlo o tenerlo”, explica Pristupin. Para la ginecóloga, es una cuestión de libertades: “El hombre (o cuerpo fecundante) puede no pensar en las consecuencias de su acto”. Es un lujo que las mujeres no pueden darse.

¿Cómo afecta esto a la forma en la que nos relacionamos sexualmente?

La división sexual del trabajo encuentra una forma análoga en la división del cuidado sexual. Algunos estudios muestran cómo hay un acercamiento diferencial al uso de preservativos dependiendo del género de la persona y su orientación sexual. Del total de participantes, las mujeres y hombres que tienen relaciones sexuales con hombres mostraron una tendencia más alta a proponer el uso de preservativo que los hombres que se relacionan sexoafectivamente con mujeres.

En la misma línea, una investigación del Hospital Italiano llevada a cabo entre 2006 y 2007 mostró que prevalecía la creencia de que las mujeres son las que deben gestionar la prevención del embarazo. Si bien ya pasaron varios años desde ese entonces, y ciertamente se ha avanzado en la materia, es interesante leer los testimonios de las personas entrevistadas: muchos argumentos se siguen escuchando hasta hoy.

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Del listado de métodos anticonceptivos conocidos hasta el momento, solo dos están diseñados para pene-portantes: los preservativos “masculinos” y la vasectomía. Ambos métodos son altamente efectivos y, a diferencia de los pensados para personas con capacidad de gestar, ninguno es hormonal. Los preservativos también son el único método de prevención de infecciones de transmisión sexual.

Por su parte, la vasectomía es una intervención quirúrgica que logra impedir el paso de los espermatozoides hacia el pene. No requiere internación y es un método anticonceptivo confiable y permanente. Pero, aunque su provisión es gratuita, sigue siendo una alternativa poco popular. “Es un tema sobre cómo entendemos el mundo, una cuestión cultural y política. Es mil veces más sencillo y menos traumático hacer una vasectomía que una ligadura tubaria y sin embargo hay muchas más ligaduras tubarias que vasectomías. Eso es netamente cultural”, explica Pristupin. En 2018, se registraron apenas 565 vasectomías, contra 14.590 ligaduras tubarias.

Hace un tiempo, hubo un revuelo ante el rechazo de un anticonceptivo masculino por los “efectos secundarios”, que consistían en cambios de humor, acné y cambios en la líbido. Estos no son diferentes a las contraindicaciones señaladas para algunos anticonceptivos femeninos, que incluso contemplan consecuencias como la depresión. ¿Acaso hay cuerpos en donde los efectos secundarios importan menos?

Tweet viral de una mujer que se armó un vestido con el prospecto de las pastillas anticonceptivas

Al ser consultado por una posible píldora anticonceptiva masculina, Roberto Lertxundi, miembro del comité de dirección de la Sociedad Europea de Contracepción, asegura: “la industria [farmacéutica] no ve una gran expectativa de negocio porque piensa que por qué el hombre va a hacer el esfuerzo de tomar hormonas si el impacto del embarazo es para otra persona”.

En relación a esto, Pristupin afirma: “En el fondo termina siendo una cuestión de fe en que los hombres por un tema de hacer bien las cosas o de ética se comprometerían, pero eso en la vida real puede no funcionar tan bien”. Lo mismo sostiene Arthur L.D Caplan, profesor de Bioética de la Universidad de Nueva York: más allá de los avances científica, la cuestión del anticonceptivo masculino es un tema de ética. No tiene tanto que ver con la eficacia, aunque por supuesto es importante. Las mujeres tienen un incentivo fuerte: no tener un embarazo no deseado. Los hombres no. “¿Podemos confiar en que van a hacer lo correcto?”, se pregunta el doctor y afirma que lograr un uso popular de anticoncepción masculina requerirá de mucha educación.

Salud sexual como derecho fundamental

La ley de Salud Sexual y Procreación Responsable, sancionada en 2002, creó un programa que, principalmente, busca promover que las personas puedan tomar decisiones “libres de discriminación, coacciones o violencia” en cuanto a su salud sexual y reproductiva.

Pero, también, disminuir la mortalidad infantil y prevenir los embarazos no deseados e infecciones de transmisión sexual. Mención especial a uno de los objetivos, que sostiene: “potenciar la participación femenina en la toma de decisiones relativas a su salud sexual y procreación responsable”.

“Cumbia del Triki Triki”, cumbia de Piola Vago en el marco de una campaña estatal de lucha contra el sida, en 2007.

En ese sentido, la doctora explica: “Los ginecólogos y ginecólogas debemos ofrecer una cartera completa de métodos para que la persona pueda elegir. Nosotros podemos decir cuál método no, si hay alguna contraindicación o esa persona tiene algún problema por el cual no le conviene determinado método. Pero no podemos decir cual sí, eso lo elige la persona”. Sin embargo, señala que “no todos llegan a la consulta”.

Esto se debe a varias razones: por un lado, la baja posibilidad de acceso a profesionales en algunas áreas urbanas o rurales. Además, la falta de información y los tabúes. Pero, también, la discriminación. Estela se considera una ginecóloga inclusiva: “esto no es únicamente incluir la identificación de género u orientación sexual, sino también incluir cuestiones que a veces son discriminadas, como el peso o las discapacidades, y realmente lograr que toda persona que necesite atención ginecológica se sienta cómoda en el consultorio”.

“Que la salud sexual sea un derecho significa que no importa donde vivas, o si tenés plata o no, tenes derecho a que se te garantice el acceso a anticoncepción y al cuidado de tu sexualidad y fertilidad”, señala Pristupin. En un país donde la mitad de los embarazos no son planificados (cifra que asciende a 70% en adolescentes y mujeres jóvenes), es posible afirmar que aún falta mucho por hacer.

La revolución femenina y sexual que significó la pastilla anticonceptiva en los ’60s, y la liberación que arribó con la posibilidad de tener relaciones sin gestar se opaca ante esta realidad. Es un arma de doble filo: por un lado, la mujer decide y no depende de nadie más para prevenir su embarazo; por el otro, queda acorralada en un panorama en el que las opciones son poco prometedoras. Las leyes y la ciencia pueden avanzar, pero si no crece la toma de conciencia y la responsabilidad, es difícil pensar en una sociedad más equitativa.

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