Argentina, ¿el país de las científicas?

Argentina, ¿el país de las científicas?

Argentina muestra una alta participación de mujeres en la ciencia. Sin embargo, eso no lo hace el país más paritario en términos de oportunidades. ¿En qué disciplinas se desempeñan esas mujeres? ¿Cómo se desenvuelven esos números dentro del mundo de la investigación? Dialogamos con dos científicas para comprenderlo.

En Argentina, las mujeres representan el 51% de las investigadoras activas.

Por Dana Goin

Recientemente, un estudio de Elsevier consagró a Argentina como el país con el mayor porcentaje de mujeres en investigación científica. Los números indican que este país está cerca de la paridad en cantidad de autores activos: por cada 100 hombres investigadores, hay 104 mujeres. Es decir: en Argentina, del total de personas dedicadas a la producción de conocimiento, el 51% son mujeres. Esto, como mínimo, pinta un buen panorama; sobre todo si tenemos en cuenta que, en el mundo, solo 3 de cada 10 investigadores son mujeres. ¿Qué pasa si hilamos un poco más fino? 

Según Valeria Edelsztein, doctora en Química e investigadora del CONICET, si bien es motivo de celebración que haya amplia participación de mujeres en ciencia, hay que observar en qué campos se desempeñan. Es un fenómeno conocido como “paredes de cristal”: “Son áreas en las que todavía nos cuesta mucho entrar y porque tradicionalmente estuvieron más asociadas a los varones”, señala. Es el caso de las ciencias de la computación y ciencias matemáticas: casi 3 de 4 investigadores son hombres. 

Los campos en los que predominan las estudiantes mujeres son las ciencias humanas y de la salud, mientras que en las ciencias aplicadas el número se invierte: solo el 36% de las estudiantes son mujeres. Karen Hallberg, ganadora del Premio Internacional de L’Oréal-Unesco “Por las mujeres en la Ciencia”, atribuye estas diferencias, entre otras razones, a una cuestión cultural: “Todavía no es natural que las mujeres se dediquen a ciertas profesiones o actividades, y cuesta mucho cambiar la cultura”. Ella es doctora en Física y trabaja en el Centro Atómico Bariloche, un ambiente en el que predominan hombres: “Aproximadamente 1/3 de las estudiantes de física son mujeres, pero el número de investigadoras formadas en los primeros años de la carrera baja a un 20%. Y en los niveles superiores, a un 10 o 15%”, señala. En el Instituto Balseiro, donde se desempeña como investigadora y profesora, el promedio de mujeres es de menos del 10% del total de estudiantes.

“No hay ninguna razón para que no tengamos una paridad de género en estas ciencias”, Karen Hallberg. Foto: Infobae

Son muchas las barreras que frenan el ingreso de las mujeres a esas áreas. Es, un poco, la falta sistemática de oportunidades; otro poco, la desigualdad que enfrentan en el camino y también, el hecho de no estar en la mesa chica. “Si te pones a mirar a qué jugábamos cuando éramos más chicos, los jueguitos electrónicos estaban publicitados para varones, y los juegos de química tenían varones dibujados en sus tapas. Eso limitaba el universo de posibles elecciones”, señala Edelsztein, apuntando a un imaginario colectivo de posibilidades.

Entran en juego, además, formas de discriminación más tangibles. “Si una no tiene una personalidad fuerte para afrontarlas [las barreras], se vuelve más difícil avanzar”, afirma Hallberg y cuenta que una vez, durante su posdoctorado en el Instituto Max-Planck de Alemania, escribió un trabajo como única autora. Sus colegas de ese entonces le recomendaron que firmara el trabajo únicamente con sus iniciales. “Tenés más chances que te lo aprueben si no saben que sos mujer”, le dijeron.

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Según datos del CONICET, en el últimos rango de la carrera de investigador los hombres triplican a las mujeres. Sin embargo, en el nivel inferior, ellas los pasan en número: 1799 vs 1131. Cuanto mayor es el desarrollo académico, más se invierten las cifras y menos mujeres llegan a profesionalizarse en sus carreras

¿Por que sucede esto? Al mirar más de cerca, vemos que en la realidad hay algunos factores que oscurecen esos datos. Las mujeres enfrentan todo tipo de obstáculos a la hora de avanzar en sus carreras científicas: la maternidad, las tareas domésticas y la falta de oportunidades, por nombrar algunas. 

“La maternidad es un punto en el que la carrera profesional de las mujeres en general se estanca. Muchas abandonan cuando son madres o empiezan a tener menor productividad, y eso eventualmente redunda en su desarrollo”, afirma Valeria. En Argentina, las tareas domésticas son realizadas por mujeres en un 76% de los casos. En efecto, el trabajo reproductivo se lleva por delante la productividad y eso puede ser una de las explicaciones de por qué hay una diferencia abismal en los últimos escalones de la carrera académica. “Si se enferman, si hay que quedarse en la casa, las reuniones de familias en los colegios, todo eso recae mayormente en las mujeres y tiene un impacto”, explica la investigadora.

“La maternidad es un punto en el que la carrera profesional de las mujeres en general se estanca” – Valeria Edelsztein.

En ese sentido, Karen reconoce que hubo dos condiciones fundamentales que le permitieron desarrollarse en su carrera académica. “Tuvimos a nuestra hija y a nuestro hijo mientras hacíamos el doctorado. Esto fue posible porque en casa compartimos todas las tareas entre mi marido y yo y porque, también, contamos con un jardín maternal en el mismo campus donde estudiábamos”, explica. Reparto en las tareas domésticas y políticas para la primera infancia fueron los puntos clave que le permitieron avanzar en su carrera.

Un mundo de cristal

Además de las paredes, las mujeres tienen un techo de cristal sobre ellas (o “piso pegajoso”). ¿Qué es el techo de cristal? Es ese límite invisible que frena las posibilidades de las mujeres de acceder a rangos más altos y niveles superiores en sus carreras académicas o laborales. Por ejemplo, de las 113 universidades del país, solo el 13% tienen rectoras mujeres. A la vez, los puestos de mayor jerarquía dentro de las cátedras universitarias son cubiertos por hombres -62%-, dato que no se replica en los cargos iniciales, donde abundan las mujeres. Si tenemos en cuenta que las mujeres son el 58% del total de estudiantes -y el 61% del total de graduados- los números cobran otra dimensión. Sin ir más lejos, el CONICET tiene una presidenta, Ana Franchi, por segunda vez en toda su historia.

“No debería pasar que para estudiar algunas carreras o para hacer ciertas cosas las mujeres tengan que probarse más fuertes y mejores que sus pares”, afirma Karen y señala que también entran en juego otros factores, como la falta de igualdad de oportunidades para jóvenes de familias con menos recursos, con diferentes niveles de educación y pertenecientes a comunidades no integradas.

“Que las mujeres debamos tener las mismas oportunidades en ciencia es, principalmente, una cuestión de justicia, de no discriminación y de igualdad de oportunidades”, observa Karen. En los últimos años se han multiplicado las iniciativas para fomentar la presencia en carreras en las que históricamente fueron poco convocadas. Chicas en Tecnología, Mujeres programadoras, Economía Feminita son algunas de ellas, que buscan generar un cambio. “No hay ninguna razón para que no tengamos una paridad de género en estas ciencias”, concluye Karen.

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