Seamos productivos

seamos productivos, lo demás no importa nada

En tiempos de cuarentena, la productividad parece ser una regla máxima.

Por: Sofía Moure

Los argentinos no llevaremos “Cien años de soledad”, pero sí llevamos cien días de cuarentena. Bueno, no todos, sólo los que vivimos en esa pequeña “Argentina” que pareciera ser el AMBA. 

Muchas cosas son criticables de cómo nos tocó y nos toca vivir estos tiempos de aislamiento. La situación desnudó muchos problemas y todavía más desigualdades que tendremos que discutir seriamente como sociedad si queremos enfrentar esa “nueva normalidad” que se nos viene encima.  

No quiero decir “cuando ganemos esta batalla”, porque hablar en términos bélicos parece situarnos en un escenario dicotómico y excepcional de conflicto, en una épica de héroes y enemigos que cubre de mitología una realidad: que los médicos y enfermeros, por ejemplo, son trabajadores precarizados que tratan de cumplir su labor en condiciones cuestionables. Que no hay que ser más o menos valientes contra el virus, sino responsables con la salud pública. Que no hay una única experiencia generalizada en estos tiempos inéditos, sino tantas como personas. Y que, siempre y cuando mantengamos la distancia social, todos hacemos lo que podemos.

En relación con esto, la cuarentena trajo casi de la mano un discurso sobre qué hacer con este nuevo tiempo que se nos aparecía frente a nuestros ojos. No importó que, en realidad, siguiéramos trabajando, estudiando, realizando las tareas domésticas y de cuidado, etc. O, incluso, que estas actividades se vieran incrementadas. No. De repente, todos teníamos mucho tiempo… ¿libre? No había más rutina, ni responsabilidades, ni nada. El “quedate en casa” fue como apretar el botón de pausa en nuestras vidas. Aunque sabemos que no fue tan así.

Con esa idea de tiempo libre vino a jugar el discurso de la productividad, que no es nuevo ni mucho menos, pero que jugó fuerte en nuestras cabezas. Sobre todo en las primeras semanas del aislamiento social preventivo y obligatorio -ASPO, para los amigos-: si teníamos tiempo, teníamos que hacer cosas.

De repente, tuvimos que completar cursos, adquirir nuevos conocimientos, mejorar nuestras habilidades, cocinar, probar recetas nuevas, hacer ejercicio, terminar proyectos pendientes, remodelar la casa, limpiar a fondo cada espacio, encontrar nuevos hobbies y una enorme lista de etcéteras que parece nunca terminar.

Producir, producir y producir.

Y todo eso, como si fuera poco, en una rutina clara y equilibrada con nuestras tareas diarias. ¿Y qué pasaba si no podíamos hacerlo? ¿Qué decía eso de nosotros?

Falta de disciplina. Un poco fuerte… Básicamente, si no pudiste meter veinte actividades en tu agenda diaria, si no pudiste encajar en ese molde de persona ideal, es tu culpa. Y dos palabras resuenan en esto: multitasking y meritocracia. Porque los logros son resultado de tus esfuerzos, ¿y los fracasos? Muy neoliberal todo, ¿no?

Hay un enorme recorrido histórico-teórico que podría llevarnos hasta este presente. Según Lewis Mumford, la rutina fue la primera forma de mecanizar al ser humano, mucho antes de que la máquina apareciera. Y el reloj vino a cerrar ese círculo. Hoy en día, pareciera ser nuestro jefe último. Todo se hace según lo que dictamina el pasar de las agujas -o de los números digitales. 

A tal punto está interiorizado el cálculo, la racionalidad, la exigencia de ser eficientes que reprimimos nuestros deseos y necesidades. Y de repente, hay que ser productivos, hay que aprovechar el tiempo. Aprovechar el tiempo.

Producir, producir, producir.

Hay que ser útiles, todo lo que hacemos tiene que cumplir un objetivo, una utilidad. ¿Pero quién dice qué es útil y qué no? Quizás ver una serie completa en una noche es útil para alguien. Quizás dormir una siesta de cuatro horas es necesario para otro. Y sin embargo, generalmente, si hiciéramos algunas de estas cosas, nos sentiríamos hasta culpables. ¿No es esto lo que nos pasa durante la cuarentena? Tantos días “vacíos” que hay que llenar con actividades útiles…

De lo contrario, somos culpables de perder el tiempo. Pero no lo estamos perdiendo, simplemente lo estamos utilizando en otra cosa. ¿Entonces? 

Ya Georges Bataille, en 1933, escribía que la utilidad era comprendida en términos capitalistas; es decir, se comprendía como útil todo aquello que sirviera al sistema productivo. Pero, sin embargo, existían -existen- conductas que no son útiles en ese sentido, pero que hacían -hacen- bien. No todo lo que hacemos es en función de la producción y la conservación de la vida. Y quizás allí está el problema: la contradicción entre esas dos partes de nuestras vidas, la productiva y racional, y la improductiva e… ¿irracional? Tal vez sea, en realidad, la parte más racional, aunque no podamos admitirlo.

Es natural tener un gasto improductivo, es decir, un gasto que no produce valor para el sistema sino para nosotros mismos. Pero nos hicieron y nos hacen creer que eso está mal; que si tenés “tiempo” y no te convertís en héroe, estás mal.

Hay placer en gastar. Ya sea plata en algo que nos gusta mucho -aunque no lo necesitemos-; ya sea dormir una siesta eterna; ya sea en ver cinco temporadas de una serie en un fin de semana. Pero negamos esa parte y la vivimos con culpabilidad. Y es ahí cuando aparece el “debería estar haciendo…”. Es entonces cuando somos “sujetos”, en sentido literal.

¿Cuál es la peor parte? Que somos nuestros propios vigilantes. El panóptico de Foucault está interiorizado en todos nosotros. Ya no necesitamos la vigilancia continua de otros. Nos vigilamos, nos controlamos y nos corregimos hasta ser eso que se supone que debemos ser.

Vivimos en un mundo 24/7 que no tiene afueras: todo el tiempo tiene que estar destinado a producir. Nuestro tiempo se ajusta al aparato de producción, y éste lo utiliza todo, por completo. Incluso cuando pensamos que tenemos tiempo “libre”.

Incluso si no producimos objetos, nos producimos como sujetos. Nos damos forma a nosotros mismos. Y la cuarentena es el momento ideal para ello, ¿no? Empezamos cursos, leímos, retomamos proyectos pendientes, cocinamos, ordenamos… Y cuando no lo hicimos, culpa. Nadie nos tuvo que decir que estábamos mal, lo sabíamos: nos lo dijimos a nosotros mismos. 

¿Acaso no es suficiente estar en medio de una pandemia de un virus desconocido, en una situación que nunca imaginamos vivir por lo que, mucho menos, sabemos cómo afrontar? 

Gilles Deleuze dijo que nuestras sociedades actuales son sociedades de control en donde nunca se termina nada: todo sucede en un continuum de formación y evaluación permanentes. ¿Está mal seguir aprendiendo? Obvio que no. Es distinto si te lo exige el sistema productivo como condición para no dejarte afuera, para no caerte -o tirarte- de ese sistema: un capitalismo de superproducción y marketing.

El ambiente 24/7 que explicaba Jonathan Crary tiene el aspecto de un mundo social pero en realidad es un modelo no social de funciones mecánicas que ocultan el coste humano para sostener su efectividad. Es decir, todo lo que dejamos de lado para que la rueda siga girando. Se decreta la absoluta disponibilidad y por tanto el cese de las necesidades y sus incitaciones, y su incumplimiento perpetuo -ya no nos permitimos el gasto improductivo. ¿No suena extrañamente familiar? Las 24 horas del día y los siete días de la semana, sin la posibilidad de “desconectar”…

Ese pareciera ser nuestro horario, nuestra realidad en aislamiento. Es casi imposible mantener horarios específicos para las actividades y todo se mezcla con todo en ese frenesí de tener que hacer y cumplir. No queda una sola esfera significante o interludio en la existencia humana (salvo el sueño, tal vez) que no hayan sido penetrados o tomados como tiempo de trabajo, consumo o marketing. Nuestro tiempo es el tiempo de la producción. De cosas, de información, de datos, de sujetos. 

Y el neoliberalismo que nos convirtió en emprendedores, en dueños de nuestro de destino, en resultados de nuestro propio esfuerzo; ese neoliberalismo que nos vendió una utopía de lograrlo todo si en verdad nos lo proponemos se regodea al ver cómo nos exigimos. O cómo aceptamos esa exigencia. Todo, en medio de una pandemia y una situación de incertidumbre que, lógicamente, tal vez nos tenga un poco distraídos, como mínimo.

Obvio que el mundo no se detuvo. Pero está bien si nosotros paramos un rato, aunque sea, a pensar en qué estamos haciendo. Y para qué. Y si no, al menos a ver una serie completa en una noche o dormir una siesta de cuatro horas. No está mal, de vez en cuando.

2 comentarios sobre “Seamos productivos

  1. Buenas tardes. Siento que cada uno hace con su vida lo que quiere, lo que puede, lo que debe, etcétera… Esta época que nos toca vivir, con este relativo tiempo que nos sobra, debemos hacer lo que nos da placer y sin culpa. Si queremos dormir siesta, dormimos y si queremos leer, leemos o si queremos aprender un idioma, aprendamos; pero que las opiniones no influyan en nuestras vidas, ni ahora en tiempo de Pandemia, ni nunca. Porque es nuestra vida y si queremos que sea productiva, será porque somos capaces de decidir por nosotros. Y no porque alguien opine lo contrario e intente poner ladrillos en nuestros sacos…

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s